jueves, 20 de abril de 2017

Antonia, lo siento...

Tu libro, Antonia. El que te prometí escribir....


Capítulo I.

Año 1935. Nació a las puertas de la primavera en un pequeño pueblo de Granada, dicen que era una preciosa criatura pero destinada a sufrir el resto de su vida. 
Ni la muerte le fue dulce...
Y ahora contaré su historia... la historia de Antonia....
Su padre Juan, un viudo de cuarenta y muchos años con dos hijos de veintitantos se encaprichó de su madre Trinidad, una jovencísima y preciosa virgen que acompañaba su pureza de música y alegría y de una debilidad coronaria que le otorgaba un halo celestial con su blanca piel, sus ojeras y sus labios amoratados. Se convirtió en el blanco perfecto para ese sinvergüenza. Y es que Juan era eso, un sinvergüenza redomado. 
Provenía de una buena familia que no supo o pudo inculcarle buenos valores.Tenía buenas manos para la madera, tallaba desde sillas hasta esculturas, pero le podía más el alcohol y el juego que el trabajo, así que para conseguir dinero con el que surfragar sus vicios igual vendía un puente de Granada a unos turistas franceses que una barca que no era suya hasta en tres ocasiones.
Fallecida su esposa y necesitado de otra mujer a la que ligar su vida no le fue difícil encontrar repuesto. Era guapo de morirse, alto y con buena planta, ojos verdes plagados de largas pestañas, pelo negro y rizado y esa gracia chulesca que tanto enamora.
Trinidad pertenecía a una familia humilde y trabajadora de un pueblo de Almería y no creía su suerte, ella tan ignorante no esperaba que ese galán la pretendiera.
Los padres lo vieron venir de lejos y prohibieron a Trinidad su compañía. Así que una noche la raptó y la desfloró creyendo así que le darían su mano. Nada más lejos de la realidad, echaron de casa a la niña y la abandonaron a su suerte que hacía tiempo estaba escrita de la mano de Juan.
Se encontraron de pronto desamparados, con una hija en camino y en una tierra en la que todos conocían el tipo de hombre que era Juan, lamentaban la mala suerte de Trinidad pero no olvidaban la indecencia cometida. Así que marcharon al pueblo natal de Juan a probar suerte.
La familia de Juan les acogió pero le dio un ultimatum... O dejaba el alcohol y el juego o no tendrían un futuro con ellos. Juan accedió pero no tardó en volver a las andadas. Trinidad quedaba por las noches sola y embarazadísima esperando el regreso de Juan.
El parto sorprendió a este de juerga. Acudió en cuanto le llegó la noticia y con dulces y etílicas palabras abrazó a ambas. Bautizaron a la niña bajo el nombre de Antonia en la iglesia del pueblo y a los dos años marcharon a Valencia, con el dinero que Juan estafó al cura prometiendo realizar un retablo que cobró por anticipado.
La guerra había estallado un año antes, los hermanastros de Antonia estaban en el bando republicano y dicen que eran pilotos y terminada la guerra se establecieron en Madrid. Nunca más supo de ellos ya que nunca la buscaron. Pero eso lo contaré mas tarde.
Recuerda llegar a la casa donde tenían una habitación alquilada y no encontrar más que escombros debido a un bombardeo. Recuerda el sonido de alarma y de las bombas que estallaban mientras se acurrucaba entre los brazos de su madre.
Juan no había cambiado y las dejaba solas a menudo. Su madre estaba en cinta otra vez y a los siete meses  parió a dos preciosas y diminutas niñitas. Ella no sobrevivió, su corazón dejó de latir con el esfuerzo y Juan se encontró de pronto con tres hijas a las que cuidar solo y se reconocía inútil para dicha tarea. 
Hizo lo mejor que podía hacer. Repartió a las niñas. Sus hermanas murieron al poco tiempo, la familia de acogida hizo todo lo que pudo para que sobrevivieran pero eran malos tiempos para los prematuros.
A Antonia le tocó la lotería con sus nuevos padres. Estaban casados diecisiete años y no tenían hijos, así que cuando Juan les ofreció la oportunidad de quedársela sólo le pidieron una cosa, que les firmara un papel donde se comprometía a no reclamarla jamás.
Recuerda encerrarse con un martillo que encontró a la espera de que su padre volviera por ella. Lo mataría esta vez antes de permitir que le pusiera la mano encima de nuevo. Y es que sus vicios eran muchos y su agresividad extrema. 
Nunca volvió. Dijo que se marchaba a Madrid con sus hijos mayores pero al cabo de muchos años se enteró que murió de un navajazo tirado en la calle al poco tiempo de abandonarla.
Para entonces ella lo había perdonado. Y es que no aprendió a odiar.

Capítulo II.

Sus padres desde entonces y para siempre fueron Félix y Amparo, valencianos del Grao tenían alquilada la planta baja de una vivienda en el margen izquierdo del río Turia. Trabajadores a mas no poder, pero pobres como las ratas que entraban de noche a comerse lo poco que tenían. Con ellos vivía la madre de Amparo, mujer de armas tomar, había perdido por el camino a ocho de los nueve hijos que tuvo y sólo le quedaba esta.
Nunca quiso a Antonia, le pegaba en cuanto sus padres se despistaban, intentó hacerle la vida lo más imposible que pudo porque no era sangre de su sangre. Cuando nació una hermana a los 3 años de convivir con su nueva familia, se volcó en el cuidado y adoración de Amparito. A los 3 años siguientes nació Juanito otro hermano y es que sus padres siempre le dijeron que con Antonia llegó un ángel que les bendijo con los hijos que hasta entonces no habían podido concebir.

Entre carreras alrededor de la mesa huyendo de los pellizcos de su "abuela" y el cuidado de sus hermanos cuando los padres se iban a trabajar, pasaban los días. Empezó a ir al colegio, pero no le gustaba aunque siempre le encantó aprender. No soportaba la forma en que debía hacerlo y es que "la letra con sangre entra" era la consigna oficial y los libros que le obligaban a leer no se los creía ni aún viéndolos como cuentos. Su padre, muy paciente, le recomendaba no llamar la atención y comportarse "como es debido". Luego le dejaba libros "prohibidos" en la mesita de noche que desaparecían por arte de magia a la mañana siguiente. Su sed se volvió insaciable, leía todo lo que caía en sus manos.


(Continuará)...




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